VIEJAS MEMORIAS

VIEJAS MEMORIAS

Era un mamañana calurosa, como todas las de Chiquimula. Estábamos en cuatro de primaria y los molinecos éramos una bola de muchachos incorregibles.
Casi a diario nos agarrábamos a trompada limpia con los de Shusho. Ya se sabía que cuando tocaran “pa’ las casas”, cualquiera de nosotros podía irse con la nariz reventada.
Es cierto es que a los del barrio ya nos catalogaban como “inaguantables”, pero nos gustaba el estudio; rendíamos en las clases; ejemplo de lo que digo es, que cuando el profesor Chepe Goshop hacía sus famosas competencias dentro del aula, los molinecos siempre obtuvimos los primeros lugares.
Ser molineco era ser “machito” y ese machismo lo supo aprovechar don Chico Lemus el recordado director de la Escuela Abrahán A. Cerezo.
Un medio día, minutos antes de tocar la campana llegó a cuarto grado y dijo: “Los demás pueden irse; los molinecos, a la Dirección”.
Se nos fue el alma; se nos engarrotó el estómago; nos mirábamos las caras, afligidos. Entre nosotros comenzamos a culpárnos, sin saber el motivo que tenía el venerable anciano para llevarnos al “paredón de fusilamiento” como le decíamos a la Dirección.
Entramos. ¡Sorpresa! Don Chico nos recibió cordialmente. ¿Qué tal Espino? ¿Hola, Monroy, cómo te va?
“¿Tienen hambre, muchá?”
Asentimos.
“No creo que tengan hambre, los molinecos son arrechos para todo.
Villela, qué es lo que siembran en las vegas de El Molino?”.
“Tomate, maíz, frijol, chile…”
“Ah, ¿también siembran chile?”
“Sí, profesor”
“¿Y qué tal son ustedes para comer chile?”
“Muy machos”
“No lo creo, me imagino que todos ustedes son una bola de ruines”.
“No, profesor”.
Y agachándose bajo el escritorio, sacó una canasta llena de chiles jalapeños de los más picantes. Sin alterarse, nos dijo:
“Ahora, cada uno de ustedes se va a comer un chile de estos; tal vez así dejan de hablar malas palabras y se comportan como la gente”.
Las dispocisiones de don Chico no se discutían.
Salimos de sexto grado dos años después. Cuando “Seño” Ofelia Carranza Reyes me entregó el certificado, me dijo al oído: Juan Pablo, el Director quiere que vayas a su oficina.
Entré temblando de miedo.
“¿Ganaste, vos?”, me preguntó.
“Sí, don Chico. Gané”.
“Fueron los chiles que te dí los que te ayudaron; te voy a extrañar, que te vaya bien. Dice la Ofelia que vas a llegar muy lejos”.
Me dio un sopapo cariñoso sobre la cabeza. Me dio un abrazo y me dijo adiós.

Con los años, supe que don Chico había muerto. No pude reprimir mi recurrente sentimiento de nostalgia. Como los pájaros que vuelven al nido al final de la tarde, los recuerdos vividos en la Escuela Abrahán A. Cerezo volvieron a mi mente y, con ellos, don Francisco Lemus, el severo Director, con una canasta repleta de chiles jalapeños.

Nombre: Juan Pablo Espino Villela | E-mail: juanpabloespinovillela@hotmail.com

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3 Responses

  1. Max Ceron dice:

    Se han atrevido a llamarlo Nuestro García Márquez , otros a llamarlo maestro, mientras que a uno le ha molestado su forma típica de narrar sus cuentos , llamándolo a callar y a poner sus escritos en otro lugar, mientras que a más del 90% , nos gusta, y nos alegramos, cuando vemos en esta u en otra revistas las narrativas de este Ingenioso escritor, he visto en sus cuentos, la forma picaresca de expresarse sin llegar a la exageración, narra la idiosincrasia de un pueblo, de un pueblo que lucha, que trata de salir adelante, que lucha, que es víctima de las adversidades de las muchas personas que les vale sorbete el mundo y sus habitantes, habla también de cómo somos catalogados los chiquimultecos y por no decir el oriental chapín, también narra de cómo usando el ingenio las personas pueden llegar a babosearse a los que se creen muy vivos, habla de la curiosidad del vecino, tras la privacidad de los demás, del que por no saber esperar termina siendo el protagonista de una inesperada sorpresa, en sus vocablos trata de las leyendas de barro de nuestros barrios. Quiero en esta oportunidad de felicitar y a la vez agradecer a los creadores de esta Revista en Internet por darnos la oportunidad de saber lo que ocurre en nuestra anhelada Chiquimula de la Sierra. Y a la vez por permitirnos seguir leyendo aunque sea cada 6 meses los cuentos de nuestro amigo Juan Pablo Espino, He recopilado algunas de sus obras y las he publicado con mucho orgullo para el deleite de los que les gusta de su forma de narrar. http://www.ceronconstruction.com/JPEV.html

  2. Jalapa Guatemala dice:

    Hola Chiquimula…..
    somos un grupo jalapaneco muy pequeño que hemos puesto toda nuestra alma y corazón en el diseño del sitio en la red: http://www.jalapaguate.com
    De acuerdo a muchos comentarios que hemos recibido, este sitio es el primero en presentar a Jalapa en toda su originalidad. También sabemos que hay jalapanecos vieviendo tanto en otros departamentos de Guatemala, como en otros Países del mundo.

    Por eso hemos dedicado muchas horas, dias, meses y casi tres años en el mantenimiento de este sitio que ya es muy mencionado en todo Jalapa. Visiten http://www.jalapaguate.com

    Los Esperamos!

  3. Edgar I. Morales Galvez dice:

    Viejas memorias:
    Inspirado por la historia de Juan Pablo Espino, mi amigo de siempre. Escribo esta pequeña anécdota.
    En primer lugar, un saludo al Colegio Amigos en el año del centenario de fundación.
    Era una noche negra y tenebrosa, Allá por el año 1964, probablemente un viernes o sábado, pues había pocos estudiantes en “Beraca” el otrora internado de varones del Colegio Amigos de Chiquimula.
    Sentado en un pretil bajito a la luz tenue de una bombilla pequeña, que más que alumbrar acentuaba las sombras.
    La noche estaba nublada y era tan oscura que parecía que la oscuridad se podía cortar con cuchillo. Un grupo de amigos y yo hablábamos un poco o quizá mucho, de nada, simplemente tratábamos de pasar el rato.
    Cuando se nos ocurrió hacerle una broma a la “Viejita” así le decíamos a un muchacho de la costa, cuyo nombre he olvidado. Él tenía la peculiaridad de dormir profundamente tanto así que era un problema despertarlo en la mañana.
    Este noche precisamente se había dormido temprano. Pensamos que lo sacaríamos con catre y todo al patio, para que cuando despertara se viera en la oscuridad se asustara. No tenía otro propósito tal broma.
    Nos pusimos a la tarea de sacar aquel anticuado catre de madera y cuero, con la “Viejita” encima, quien ni siquiera se inmutó. Pusimos con cuidado el catre en el centro del patio, éramos cuatro Hugo Peña, Alarcón, ambos de Ipala, otro a quien no recuerdo y yo.
    Regresamos al pretil, nos sentamos y aparentemente la conversación se tornó interesante, pues no nos dimos cuenta que había pasado el tiempo.
    De pronto empezó a caer un aguacero de esos que cada gota es suficiente para mojarlo a uno completo. La “Viejita” dijimos todos al unísono y salimos corriendo para entrarlo pero con la lluvia ya se había levantado dando gritos, y todo el internado se había dado cuenta.
    Ahora es solo un grato recuerdo.

    Edgar I. Morales

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