EL TIO CHENTE (Cuento)

UN NUEVO CUENTO DE JUAN PABLO ESPINO PARA TODOS LOS LECTORES DE HABLA HISPANA, ESPECIAL PARA LOS GUATEMALTECOS RESIDENTES EN EL EXTRANJERO.

EL TIO CHENTE

El calor era intenso. Era abril y el ensordecedor canto de las chicharras sonaba aburridor y monótono bajo el ardiente sol del verano. El tío Chente se detuvo un momento a descansar bajo la sombra del único árbol que adornaba la única calle del pueblo y tuvo que hacerse a un lado para evitar que lo atropellara una avalancha de muchachos bullangueros que corrían presurosos rumbo al río. Momentos después, se oía el griterío de los más valientes, que encaramados en la rama más alta de un árbol, se lanzaban en clavados perfectos a la poza, en medio de los aplausos y la admiración de quienes se negaban a aceptar el reto de demostrar su valor a los más grandes.

El tío Chente se acurrucó de nuevo, metió su hombro derecho bajo la palanca y levantó, sin dejar de fruncir la cara, dos pesados cubos de agua y siguió su camino tratando de guardar el equilibrio para no caerse.

Doña Ramona Montealegre le había pedido que le halara agua del río, pues, en aquel pueblo miserable, no se disfrutaban todavía los beneficios del agua entubada y era preciso que se le pagase al tío Chente, que había decidido ocuparse de resolver por si solo aquel menester.

El tío Chente era un hombre de aguda inteligencia, a pesar que apenas había aprendido a leer y escribir, pero era capaz de recitar con facilidad los versículos de la Biblia , y hacer mentalmente cuentas tan largas y tan difíciles, que llegó a sorprender incluso, al maestro de la escuela, que para resolver sus enigmas matemáticos, tenían que recurrir a la ayuda de las famosas tablas de multiplicar.

A parte de “Tío”, al tío Chente se le conocía en el lugar como “El aguatero del pueblo”, debido a su oficio, modesto, pero muy honrado. Por cinco centavos llevaba dos cubos de agua a quien se lo pidiese y era tan honrado en su entrar y su salir, que el pueblo entero le tenía confianza, al extremo de que cuando alguien se iba de viaje por algún motivo, le dejaba encargadas las llaves de su vivienda. Así era la vida del tío Chente: sin tacha, querido y apreciado por la gente, servicial y humilde, de convicciones firmes, solidario y bondadoso como pocos.

Pero el tío Chente vivía en un país anárquico, donde el presidente era catalogado como el jefe supremo más bobo que pudo haber sido electo jamás. De la noche a la mañana el país se vino a pique; y la violencia y el saqueo convirtieron a aquella nación hermosa y floreciente, en el lugar donde todo mundo hacía lo que quería. Se mataba, se robaba; los bienes de los pobres pasaban a manos de los ricos mediante tretas y contubernios con las autoridades; los precios de la canasta básica se disparaban constantemente y la pobreza asoló hasta el último rincón de su patria. Los más grandes, como decía el tío Chente, se comían a los más pequeños, y a tal extremo llegó el abandono del gobierno, que las escuelas fueron cerradas por las múltiples huelgas o por la falta de pago a los maestros, provocando que la ignorancia se quedara en San Miguel de la

Cuesta, como un mal endémico que no se acabaría jamás. Los países amigos que antes abrían sus arcas para el desarrollo de la nación, le volvieron la espalda; y la gente que antes llegaba a admirar las bellezas de aquel país bello, de ríos cantarinos y lagos hermosos, de montañas y volcanes cubiertos de sol, buscó nuevos derroteros. La economía y las finanzas cayeron tan bajo, que el gobierno no estaba en capacidad ni siquiera de proveer al pueblo de los servicios más elementales.

Cuando alguien le comentaba al tío Chente la situación, decía que el país estaba así porque él no era el presidente.
“Si yo fuera presidente, otro gallo les cantara”, decía a sus amigos.

Todos tomaban a broma aquella respuesta, pero cierta vez, más por molestar que por otra cosa, decidieron proponerle la candidatura para presidente.

“Yo sé que ustedes me lo dicen nomás por fregar, les dijo, pero en el caso que fuera cierto, yo no les convengo porque soy muy estricto; a mi me gustan las cosas rectas y a la mayoría de las personas un presidente honesto no les gusta; prefieren a uno que les tolere todo, que los deje hacer lo que les de la gana. En cambio conmigo, el que la hace la paga. La mayoría de los habitantes quieren a un presidente tan pícaro como el que tenemos; prefieren a un hombre deshonesto porque en este país casi todos son deshonestos, por eso es que yo no les convengo”, concluyó el tío Chente.

No obstante, el pueblo comenzó a organizarse. Le hablaron a uno y a otro ciudadano para que aceptara la candidatura. Por último, cuando consideraron que ya todo estaba perdido, buscaron al tío Chente.

“Es que no hay otro como usted, tío Chente, le dijo el que llevaba la voz cantante del grupo; nuestra esperanza es usted; la nación entera lo apoya, todos queremos que sea nuestro presidente”.

“Vaya pues, yo ya les dije que no les convengo. Les voy a aceptar la propuesta, pero después no me vayan a salir con que no se los dije”.

La noticia de que el tío Chente se postulaba para presidente desató una tormenta de comentarios de los más variados. De un día para otro, la gente comenzó a burlarse de su candidatura. Muchos no podían aceptar ni por asomo que “El aguatero del pueblo” pudiese ganar las elecciones y lo ridiculizaban mediante pintas en las paredes y los mensajes anónimos en los que se burlaban de su persona abundaban por todos lados. Los parásitos del gobierno, como llamaba el tío Chente a los servidores públicos que vivían del erario nacional sin hacer nada, orquestaron la más ruin y vergonzosa de las campañas negras en su afán de evitar su arribo a la jefatura del Estado.

Hubo veces en que el tío Chente se sintió triste y abandonado, pero su afán de demostrar la equivocación de quienes lo adversaban era tan fuerte, que siempre salía airoso de sus depresiones.

Y llegó el momento esperado. El pueblo se volcó a las urnas, no porque vieran en el tío Chente al mejor de los candidatos, sino porque, cansados de los abusos y desmanes del presidente de turno, votaron masivamente a favor del más humilde de los ciudadanos.
El tío Chente tomó posesión de su cargo. La luz matinal se colaba alegre por los enormes ventanales del palacio; una lluvia de cartas y telegramas de muchos países del mundo donde lo felicitaban por su triunfo, yacían sobre la caoba de su escritorio. El tío Chente estaba deslumbrado; cerró los ojos y los mantuvo así durante varios minutos que a su secretario privado le parecieron eternos.

Momentos después, el nuevo presidente abrió los ojos. Libreta en mano y el lápiz listo para recibir la primera orden que debía ser trasladada a todo el país, el secretario le dijo, con cierta timidez:
“Ordene, señor Presidente”.

El tío Chente pensó bien cada palabra. Se alisó las puntas del bigote con ambas manos y respondió con voz suave, como un susurro:
“Quiero que los presos, sin excepción alguna, sean dejados el libertad inmediatamente”.

“Pero señor Presidente, le replicó el secretario, en las cárceles del país se encuentran los peores asesinos, los más aborrecibles violadores, en una palabra, la peor lacra de la sociedad se encuentra ahí y usted quiero dejarlos en libertad; perdone, señor Presidente, pero lo que usted quiere hacer sólo puede ser calificado de locura”.

“Usted cumpla mis órdenes sin chistar, dijo el tío Chente, para eso soy el presidente, ¿o no?
La orden se cumplió de inmediato. Las cárceles fueron abiertas y los asesinos, violadores y estafadores, entre ellos los maestros del crimen, celebraban con pompa la decisión del señor presidente de dejarlos en libertad.

“Su orden se cumplió al pie de la letra, le informó resignado su secretario, sólo que ahora estamos peor que antes; la violencia impera en las calles, se mata y se viola con impunidad, la prensa dice cosas espantosas de usted, se lo está comiendo vivo; los países amigos han decidido romper relaciones con nuestro país y el último embajador que quedaba, abandonó el país hace un momento”.

El tío Chente, como si no le importase en absoluto el comentario de su secretario, dijo como si hablara consigo mismo:
“Quiero en cada pueblo pequeño donde antes había una cárcel, sea levantada de inmediato una escuela y que en las ciudades grandes se empiece a construir una universidad”.

“Su orden ha sido cumplida de nuevo, volvió a decirle el secretario. ¿Y ahora qué sigue?”, preguntó secándose el sudor de la frente.

El tío Chente meditó por un momento la respuesta, luego, asomándose al balcón del palacio, dijo con indiferencia:
“Quiero que en cada aldea, en cada caserío, en cada pueblo ya sea grande o pequeño, sea construida una bartolina de un metro cuadrado, de manera que quepan en ella dos presos solamente”.

Dos días después, su secretario se hizo presente en el despacho para informarle que la orden había sido cumplida al pie de la letra.
“Así me gusta, que se haga lo que yo ordeno, respondió el señor presidente. Ahora, agregó, quiero que la policía empiece a capturar en cada caserío, en cada aldea, en cada pueblo grande o pequeño, a cuanto pícaro ande haciendo de las suyas y, cuando en la bartolina sea necesario meter a un tercero, que inmediatamente sea fusilado el primero que ingresó, de esa manera habrá un fusilado en cada pueblo del país el mismo día”.

A partir de ese momento, los dos reos que eran ingresados a las bartolinas pedían de rodillas a Dios que no llegase un tercero.
Como por arte de magia el país comenzó a cambiar. Se acabó la vagancia, el asesinato y el robo. Todo mundo andaba buscando trabajo, como el árbol marchito que se llena de nuevos brotes con la llegada del invierno, la nación entera florecía de nuevo. Las escuelas se llenaron de niños, los maestros que utilizaban las huelgas para huir de sus responsabilidades con la educación, se habían unido de pronto en la construcción de un nuevo país. Los capitales volvieron, las fábricas echaban a andar la rueda de un incontenible progreso, la gente estaba feliz, la seguridad campeaba en las calles, los cuarteles fueron cerrados y se suprimió la policía y el ejército, pues tales instituciones ya no eran necesarias.

El tío Chente abrió los ojos, estiró los brazos hacia atrás para tomar impulso y se levantó de prisa de la hamaca. En la puerta de su humilde vivienda estaba doña Ramona Montealegre; traía en el brazo una cesta con rodajas de pan y un termo con café caliente.
“Cómase un bocadito, tío Chente, le dijo, bébase su cafecito, y cuando termine, hágame la caridad de ir al río por dos cubos de agua”.
El tío Chente la vio malhumorado. ¿Por qué tuvo que despertarlo aquella bendita señora en el momento preciso en que soñaba con que él era aquel platónico presidente?

JUAN PABLO ESPINO VILLELA

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7 Responses

  1. eddy geovanni duarte aguilar dice:

    ojala y en cada uno de los ciudadanos guatemaltecos viva un tio chente q suene no talbes con ser el presidente del pais pero si con una nacion prospera,alegre, feliz, con ninos estables y saludables con jobenes ejemplares y familias estables.una nacion donde reine la paz en lugar del caus,alegria en lugar de tristesa,fuentes de agua en lugar de desiertos.donde nadie robe ni maltrate anadie sino que juntos luchen y trabajen por un futuro mejor,prospero,rico en todo el sentido de la palabra libres de toda opresion. donde nuestros ninos y jobenes no tengan que inmigrar a tierras lejanas en busca de un sueno o de una vida mejor sino que en cada una de las esquinas de las calles de nuestros pueblos todos encuentren oportunidades de toda indole que sean para bienestar;para edificar para construir y no para destruir.el tio chente tiene que cobrar vida y el sueno tiene que acerse realidad antes que llegue dona montealegre a despertarlo.

  2. eddy geovanni duarte aguilar dice:

    ojala y en cada uno de todos los ciudadanos guatemeltecos viva un tio chente no que suene talbes con ser el presidente del pais pero si con una nacion prospera,donde reine la paz en lugar del caus, alegria en lugar de le tristesa.con un pais en donde nadie maltrate ni robe a nadie sino que todos juntos luchen y trabajen por construir un futuro mejor;donde los ninos sean felises y saludables,los jobenes sean ejemplares y las familias estables y unidas.donde nadie tenga que inmigrar a tierras lejanas(en espesial nuestros ninos y jobenes)en busca de un futuro o una vida mejor; sino que en cada una de las esquinas de las calles de nuestros pueblos todos grandes y pequenos encuentren oportunidades de toda indole,de superasion de desarrollo,de edificar de construir y no de destruir.y ojala que muy pronto el tio chente cobre vida y el sueno se cumpla antes de que llegue dona montealegre a despertarlo. MUY BONITO CUENTO

  3. chicharron con yuca dice:

    Hola Senor Juan Pablo, lo saludo y lo felicito por la comicidad e idiosincracia con la que usted cuenta sus historias, creame que me entretienen mucho, como las historias que alguna vez llegue a escuchar de un famoso profesor mio, el Indio goyo, (perdon profe!!) pero sin ofensas aun lo recuerdo lo respeto y lo admiro. Usted tambien senor Juan Pablo es victima de mi admiracion, no le deseo mas que exitos y triunfos en su labor de escritor. Ya necesitariamos nosotros un Presidente como Tio Chente. Aunque ojala no nos caigamos de la hamaca de tanto soñar y soñar.

  4. Emilio dice:

    Buena narrativa, felicidades.

  5. Carlos A. Cifuentes dice:

    Casualmente “entré” a la página en donde pude leer su cuento. Dada su ingenuidad y el sorprendente final, lo he encontrado encantador, y digno de ser difundido en la Radio.

    Trabajo para T.G.W. “La Voz de Guatemala”, en donde se difunde el programa “Pinceladas Morenas”. ¿Permitiría usted su adaptación para transmitirlo? Para su conocimiento, le diré que podemos ser escuchados en nuestra página con sonido real, que puede ser escuchado en http://www.radiotegw.gob.gt

    Espero su respuesta.

    Carlos A. Cifuentes

  6. Juan Pablo Espino Villela. dice:

    Señor Carlos Cifuentes:
    Lo que escribo es para que todo mundo lo conozca. Conmigo no funciona aquello de “prohibida la reproducción total o parcial”. Lo único que pido a los amigos que deseen utilizar mis cuentos, es que me den el crédito al principio o al final.
    Úselo, pero envíe un e-mail a juanpabloespinovillela@hotmail.com para oirlo el día y la hora en que lo va a transmitir.
    Juan Pablo Espino.

    P.D. Gracias a Chicharrón con Yuca, a don Eddy Geovanni Duarte y a muchos otros amigos que me envían correos. Ojalá que todos los que me leen se comuniquen a mi correo electrónico.

  7. Luis dice:

    Alguien me puede decir cómo puedo conseguir EL INDIO GOYO LLEGA A LA CAPITAL. Si es posible en digital o ya sea un libro. Gracias

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