EL CONSOLADOR DE LA TULA

Para quienes me han extrañado.

EL CONSOLADOR DE LA TULA
Juan Pablo Espino Villela.

Para trabajar no había otra como la Tula.
Mientras las demás mujeres de la aldea dormían abrazadas a sus maridos, la Tula tenía el fuego encendido desde las cuatro de la mañana; ya había repartido el trabajo a los mozos y dado de comer a los coches y a las gallinas. Había además ordeñado las vacas y por si fuera poco, había jalado el agua de la quebrada y mientras se comía una tortilla en la mano, porque nunca se sentaba ni siquiera para comer, estaba meneando el suero para hacer el requesón, el cual, muy tempranito, tenía que mandar a quienes lo revendían en Concepción Las Minas.
La Tula nunca se hizo de marido. Decía que no había nacido el hombre que le aguantara para el trabajo y que para mantener un cebón en la casa, mejor se quedaba solita y sin tener que darle parte de sus asuntos a nadie.
Eso era lo que ella decía, pero había algunos que afirmaban que la Tula en sus tiempos mozos había dado su mal paso, pero ese no es el objetivo principal de este cuento.
Una mañana, muy tempranito, llegó un hermano suyo a visitarla y después del acostumbrado saludo entre parientes, le dijo:
─Vos Tula, fijate que llevo una ganado para Anguiatú y como el tiempo está tan jodido, no vaya a ser el diablo que los pícaros piensen que voy a traer dinero de regreso y me van a querer joder. Así que pasé de carrerita a visitarte y a ver si me hacés la arrechada de prestarme tu pistola, para ir prevenido por si las moscas.
─Pues yo no tengo tiempo para buscártela, ─respondió la Tula, secamente─. ¿Por qué no entras a mi cuarto y las buscas vos mismo, hermano?
Después de buscar en el cofre, en la repisa y hasta en una caja de cartón que la Tula tenía en un rincón de la casa, un poco molesto se decía a sí mismo:
“¿Dónde chingados habrá metido la pistola esta cabrona, pue?”
De pronto se quedó viendo la almohada que estaba cuidadosamente colocada sobre la cama y sin pensarlo dos veces, la levantó. ¡Vaya sorpresa! Ahí, debajo de la almohada, envuelto en un trapo de seda, estaba un consolador de baterías como de una cuarta de largo.
─¡Por la gran púchica! ─exclamó─. ¿Ve lo que tiene esta cabrona aquí?
Cuando la Tula vio que su hermano se iba sin siquiera despedirse, le gritó:
─¿Hallaste la pistola, vos?
Con una risita picaresca, su hermano le contestó:
─¡Qué va, hermana! Al único que encontré debajo de la almohada de tu cama, fue a mi cuñado. Nos vemos otro día, Tula…

Por: Juan Pablo Espino Villela.

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2 Responses

  1. alex-ito dice:

    Jajaaja, puchicas vos y como le hizo la Tula para conseguir el cosolador. Tremeda sorpresita la que se llevo el hermano
    Buen Cuento…..

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