El Padre Beto

EL PADRE BETO

“Yo digo que no viene…”
“Bien viene, le contestó Chepe a su mujer, lo que pasa es que vos siempre has sido desconfiada y no creés que el Padre Filiberto es amigo mío. Si vieras que buena onda es. Desde que yo visito la iglesia, el padrecito me ha demostrado que no es como los curas gringos, que se escudan en su idioma para no hablar con la gente. El Padre Beto es arrecho, vos; aparte de ser caritativo con las personas, lo mismo platica con un pistudo que con un pelado, porque no tiene ni tantito así de orgullo; tal vez porque es chapín y de familia pobre como nosotros. ¡Hasta con los engomados se sienta a platicar en el atrio de la Basílica!”.

Chepe era amigo del Padre Filiberto y se habían tomado tanto cariño, que cuando se encontraban, platicaban de un montón de cosas y porque al Padre Beto le gustaba la forma atarantada de hablar y a veces hasta bayunca de su amigo Chepe.

En una de las muchas pláticas que tuvieron, el Padre le comentó a Chepe que una de sus comidas favoritas era la carne de conejo. “Y mejor si es carne de conejo de monte”, le dijo. “Hasta me chupo los dedos, Beto. Cuando cacés algún animalito de esos, traémelo, yo te lo compro; así se me quita el antojo…”

A Chepe le encantaba la monteada. Sábado a sábado salía a “luciar” a los potreros, donde con un poquito de suerte, aparte de palomas y chachas, se podía cazar tepezcuintles, mapaches, tacuacines y hasta cusucos.

Una noche Chepe regresó con una novedad a su casa:
“¡Levantate, María, vení ve los conejos que conseguí para el Padre!, le dijo Chepe a su mujer. Mañana temprano se los llevo a la Basílica para que se los hagan guisados o en pinole y hay te vas a dar cuenta lo contento que se va a poner, pues desde hace tiempos me los viene encargando el pobrecito…”.
“¿Vos, Chepe?”
“¿Qué, María?
“Escuchame tantito lo que te voy a decir; si te parece la idea, le entramos al asunto.
“Soltá la lengua, pue. ¿Qué es lo que querés decirme?”
“Oíme, pue. El padre no tiene quien le cocine los conejos en la Basílica; lo que él va a hacer, es mandarlos a algún comedor para que se los preparen. Entonces le van a devolver una babosada y la mayor parte le va a quedar a quien se lo prepare. Para esa gracia mejor se los cocino yo y los probamos nosotros también. Y como el Padre es tu amigo, no creo que tenga ningún inconveniente en venir a comer aquí con nosotros.

La idea de su mujer le pareció estupenda.
Muy de mañana Chepe fue en busca del Padre, pues tenía que hablar con él antes que entrara a misa de once.
Ya se imaginarán la alegría del Padre Filiberto cuando Chepe le contó lo de los conejos y la idea de su mujer de invitarlo a almorzar a su casa.
“Por mí encantado, Chepe, le dijo el Padre. Sólo esperá que termine la misa y nos vamos para tu casa. Estoy tan contento que ni siquiera el carro me voy a llevar; como tu casa está cerca, nos vamos a ir a puro golpe de calcetín, pues no me cae mal un poco de ejercicio…
Mientras Chepe andaba trayendo al Padre, su mujer se quedó en la casa preparando un delicioso guisado de conejos. Pero mire lo que son las cosas.

De repente se oyeron unos toquidos suaves en la puerta y la María fue a ver de quién se trababa.
“Buenos días, señora, le dijo un hombre fornido, con acento hondureño. Le ruego que no tenga desconfianza de nosotros, pues somos un grupo de romeristas que venimos a pie desde Tegucigalpa a visitar al Señor de Esquipulas y como no encontramos nada que comer en Ocotepeque, vengo a suplicarle que por favor nos venda algo que nos ayude a mitigar el hambre”.

Un tanto confundida por la presencia del grupo de romeristas, la María les dijo un tanto apenada:
“Ay, señores, siento quedarles mal, pero no me quedó nada del desayuno…”
Sin embargo, el delicioso olor a guiso que salía de la cocina era suficiente para alborotarle el hambre a cualquiera, por lo que el hondureño, le preguntó:
“¿Y ése olor tan rico que sale de su cocina?”.
“Sí, es que estoy cocinando un par de conejos, pero es el almuerzo del Padre Filiberto, que va a venir a comer con nosotros”.
“Mire, señora, le replicó el hondureño, nosotros somos gente de mucho dinero y lo que usted nos cobre por darnos de comer es lo que menos importa. Además, es hasta pecado que ustedes le hagan un almuerzo tan especial al cura, cuando ellos comen como reyes en la Basílica ¿Qué le parecen cuatrocientas lempiras? No se haga bolas, señora, échenos tortillas suficientes, sírvanos el guisado y luego mira cómo se las espanta con su marido.

Cuando la María vio aquel montón de dinero, pensó: “Todo ese pisto no se lo gana Chepe ni trabajando todo el año de ‘mojarra’ en los EE.UU., y por otro lado, estos señores no dejan de tener razón; cuando venga Chepe con el Padre, voy haber cómo me las espanto…”.
Los hondureños comieron y se fueron contentos después de pagar y agradecerle las bondades a la mujer.
Como la una de la tarde, la María escuchó una voz en la sala que decía:
“Siéntese un momentito, Padre. Descanse, yo voy a ir a la cocina a decirle a mi mujer que ya venimos y que nos sirva el almuerzo, porque usté debe venir que le ‘chirreyan’ las tripas del hambre”.
A la mujer entonces se le aguadó el cuerpo. ¿Qué le iba decir a su marido? ¿Qué cara iba a poner el Padre cuando se diera cuenta que lo habían engañado?

En esas cavilaciones estaba, cuando la astucia, que por lo general es propiedad exclusiva de las mujeres, le dio la respuesta.
Cuando Chepe entró a la cocina, su mujer lo recibió como agua para chocolate.
“¿Y vos qué putas tenés?, le preguntó. ¿Ya están los conejos? El Padre ya está aquí…
“¡Qué conejos ni que ocho cuartos, marranada!, refunfuñó la mujer. Con la locura de irte a traer al Padre, ni siquiera los cuchillos me afilaste, y ahí está que ni siquiera he podido pelar los mentados conejos”.
Chepe se puso pálido y con la misma dijo a su mujer:
“¡Por la gran púchica vos, cómo se me fue a olvidar esa babosada! Pero mirá, ahorita mismo te los afilo y aunque seya asados hacele los conejos al Padre Beto.
Y si pensarlo más, bajó de la viga dos cuchillos de carnicero y se fue atrás de la casa, con un trasto con agua y una piedra de afilar.
Fue yéndose Chepe a afilar los cuchillos, la María entró a la sala y de la manera más respetuosa, le dijo al Padre Beto:
“Buenas tardes, padrecito. ¿Vino a pasear?
“Sí, mija, sí, contestó el Padre, dice Chepe que anoche mató dos conejos y que vos que sos una buena cocinera has preparado un delicioso almuerzo para mí.

Cuando el Padre mencionó los conejos, a la María por poco y le da el patatús.
“¡Ay, padrecito, qué pena y que vergüenza!”, le dijo entonces, con la cara pálida y los ojos llorosos.
“¿Pena y vergüenza, por qué?, le preguntó el Padre poniéndose serio. ¿Qué es lo que pasa, hija mía?
“Mire, Padre, dijo entonces la María, aunque usté me excomulgue, yo le voy a decir la verdá. Yo digo que Chepe está loco. Fíjese padrecito que Chepe tiene más de quince noches de no dormir; se pasa la noche entera delirando y entre las tonteras que se le oyen, la que más me aflige es cuando dice golpeándose la cabeza contra la pared: “¡Yo capo al Padre Beto! ¡Yo capo al Padre Beto! ¡Por Dios que yo capo al Padre Beto!”.
Cuando el Padre oyó lo que dijo la mujer, se puso pálido como un muerto y con la voz temblorosa, le preguntó:
“Y Chepe, ¿qué está haciendo en este momento?
“Afilando los cuchillos, Padre”, le respondió, señalando detrás de la casa.

No hubo que averiguar más. El Padre salió corriendo carretera abajo como alma que lleva el diablo, para evitar que Chepe cometiera el semejante sacrilegio de cortarte los matates.
¿Se recuerda amigo lector que le dije que las mujeres son astutas? Entonces póngase cómodo para ver el desenlace de esta simpática historia.
Como a los dos minutos de haberse ido el Padre, Chepe regresó con los cuchillos bien afilados y le preguntó a su mujer:
“Vos, ¿y el Padre?”
La mujer con fingido enojo, le contestó:
“¡Vos tanta bulla con el Padre! Y no dirás pue que me dijo que ya era tarde; que no aguantaba el hambre y que para no ponerte en apuros, mejor se llevaba los conejos para que se los cocinaran en la Basílica. Ahí va carretera abajo; si querés seguilo…
“¡Lo sigo, pue!, dijo Chepe entonces. Está bueno que se lleve uno, pero no los dos”. Y salió corriendo tras del Padre, con los cuchillos en la mano. Cuando lo tuvo como a veinte metros, le gritó:
“¡Padreee, déjeme unooo!”.
“¡Los dos me quitás Chepe; los dos me quitás!”, contestó el Padre Filiberto, corriendo desesperadamente carretera abajo, en defensa de su masculinidad.

Que las mujeres son astutas, eso que ni les quepa duda. Ojo con ellas compañeros, porque comprobado está, en nuestras propias narices, nos puedan dar gato por liebre.

Escrito por: Juan Pablo Espino.

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7 Responses

  1. Irma Reyes de Pacheco dice:

    Aparte de ser un buen cuento, es de un escritor Chiquimulteco. Asi es que sin mas comentarios. Gracias.

  2. consejero dice:

    Vos Juan Pablo (no le haces honor a tu nombre: dos grandes santos), sos literato o te burlas de las personas? Gran ex-alcalde de Esquipulas, eh!

  3. hector dice:

    Buena la historia, te felicito, y creo que sí, las mujeres bien que se las espantan…..

  4. nicorleone dice:

    Buen cuento… siempre disfruto de las obras y publicaciones de Juan Pablo.

  5. Marlon dice:

    Me dio mucho gusto leer sobre esta historia, ficcion o verdad esta buenisima, pero mas medio gusto leer la idiosincracia de nuestra gente que poco a poco se va perdiendo, Gracias Juan Pablo, gracias Mario por entrenerme con esta lectura por unos minutos.

  6. Estuardo dice:

    Pero cuento más bueno es éste, producto del ingenio del escritor o bien caso de alguien en la vida real, muy bueno que aparte es muy cómico. Que bueno que encontré este lugar, en especial porque trata de mi tierra.

  7. Juan pablo ya me imaginaba al pedre Beto de juida, hombre es que le pones sabor al caldo con tus cosas, te insto a que sigas adelante, segui escribiendo por vida tuya, que tu mano no se canse mi hermano y que las reumas no te lo impidan, cuidate saludos desde Washington, DC

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